viernes, 1 de mayo de 2009

1ro de mayo - Día de lucha


Forjado a sangre y fuego, este día ha quedado en la memoria del mundo. Pero ¿qué memoria? ¿Qué es lo que recuerdan o conmemoran la clase trabajadora cada 1 de Mayo? Sin duda alguna el sentido atribuido ha sido transformado a lo largo de más de un siglo. Pero aún con menos duda se puede afirmar que esa transformación no ha sido inocente, ni despersonalizada. Tampoco se trata buscar una suerte de versión “verdadera” sobre los acontecimientos fatídicos 4 del mayo de 1886, para desmedir o recordarle a los internautas que con un poco de avidez y otro poco de suerte hayan caído en este sitio, en qué deberían pensar o hacer en un día feriado. Sino más bien que nos proponemos analizar cuales son los mecanismos que han adoptado las clases dominantes para lograr establecer un sentido distinto al que durante 59 años signó este aniversario, cómo lo metamorfoseó el peronismo, y en qué ha derivado ello hoy. Solamente conociendo las armas del enemigo lograremos construir las propias, para dar la lucha en la trinchera de la memoria.

Sin ánimos de hacer historicismo acerca de una represión cuya crónica y detalles puede encontrarse en cualquier escrito con alguna perspectiva relativamente crítica, podemos sin embargo tomarnos la libertad de hacer un breve repaso. Luego que durante dos años (desde 1884) los trabajadores estadounidenses se propusieran lograr la reducción de la jornada laboral a ocho horas (para disponer de ocho de descanso y ocho de ocio), lograron a principios de 1886 que la misma se reglamentara por ley. Como bien poco importa la materia de leyes a la hora de producir el mundo (en el sentido que esto pueda tomarse), los insaciables burgueses continuaron con su política de trabajo esclavo manteniendo la tradición de extender la jornada laboral hasta 16 o 18 horas en alguno de los casos. En Chicago, ciudad caracterizada por su pujanza en el naciente capitalismo industrial estadounidense, los efectos de esta política se sentían día a día, en el cuerpo y las venas. Es allí, en Haymarket Square, donde se produce una protesta de alrededor de 50.000 trabajadores que por esos años se habían unido al reclamo (en torno a la Federación Americana del Trabajo, de corte anarquista) el 1 de mayo de 1886. Los reclamos seguidos de constantes represiones continúan hasta el día 4, cuando luego de un discurso del alcalde de la ciudad, la policía reprime a tiros a los 20.000 trabajadores allí reunidos. El saldo de tal muestra de despotismo y autoridad estatal son una cantidad innumerable (dado que no hay precisión de fuentes) de trabajadores muertos y 31 militantes apresados. Luego, ochos de ellos serían enjuiciados: tres condenados a prisión, y cinco a muerte.

Aunque luego de estos acontecimientos, la reducción de la jornada de ocho horas, se convirtió en una victoria de los trabajadores, al cumplirse de hecho, de allí en adelante cada a cada aniversario fue recordado del día en que comenzó la protesta (1 de mayo) como el momento en que los trabajadores se unían para luchar por sus reivindicaciones, homenajeando a sus compañeros caídos en tiempos pasados. Así, los actos, marchas y manifestaciones de diversa índole que tenían fecha en tal día, estuvieron muchas veces signados por al luto y los reclamos que atravesaban a la clase obrera organizada y combativa, que se unían en ese momento más allá de sus diferencias. Cada 1 de mayo era un día de protesta masivo, algo de lo que bien poco gustaban las clases dominantes, que se encargaban de reprimir los actos en el grado que le permitiera la correlación de fuerzas, o tolerar según midieran la importancia en cada año.

Sin embargo, con la llegada del peronismo, todo cambiaría en torno a la cultura política, y el 1 de mayo no escaparía a ello. Aquel significado que los anarquistas, los comunistas y cada uno de los socialistas de distintos tonos supieran imprimirle a este día, en torno al luto por los Mártires de Chicago, y aprovechando un momento propicio para llevar adelante reclamos conjuntos, se comenzaría una transformación impulsada desde el aparato Estatal.

El primer mecanismo para cambiar esto sería proclamando un sentido otro: la celebración del trabajador en tanto sujeto digno gracias al trabajo. Desde aquel instante de la historia hacia atrás, no había habido un solo aparato gubernamental que proclamara legitimidad (sea cual fuere desde el lugar que se lo mire) en torno a cualquiera de los sectores dominados, como las clases trabajadoras, populares, o las mujeres. El golpe de efecto fue inmediato: una parte importante de estos sectores se vieron identificados con el gobierno peronista, y las izquierdas quedaron estupefactas, al sentir que les usurpaban las banderas que tradicionalmente habían levantado.

Por otra parte, la mera proclama hubiera tenido poca significancia, si la misma no se hubiera llenado de de otro cuerpo que se encargue de alzar la voz para este nuevo significado (segundo mecanismo). Esto mismo cobró solidez a través de los desfiles de carrozas con memorando al ahora “Día del Trabajo”, las numerosas campañas de afiches estatales, los actos oficiales, y hasta un giro discursivo en la prensa (impulsado por el sistema de medios paraestatales con el que luego de los primeros años de gobierno ya se había hecho el peronismo). Tal aspecto físico del giro cultural marcado, es clave, dado que esto implica que si la topografía citadina cobra vida a través de la ocupación de las calles por parte del Gobierno peronista, entonces el aniversario no puede tomar cuerpo a través de las marchas que impulsaran las izquierdas, por el simple carácter finito del espacio geográfico. Es aquí donde se produce la diferencia fundamental entre un simple giro discursivo (y no tan simple, tal vez) y un cambio en el cuerpo que lleva adelante el aniversario: mientras la utilización de un acervo cultural no implica la privación de otros usos, el llenado de la ciudad con el aparato estatal, sí implica que se excluyan de la escena otros cuerpos que levantan otros discursos, quedando estos últimos así cancelados.

Así el peronismo se encargó no solamente de “dar vuelta” el 1 de mayo, sino también de ocupar el espacio que tradicionalmente habían ocupado la clase trabajadora organizada y combativa: la calle. Nada hubo de amable en ello y si bien se le puede achacar a las izquierdas cierta reclusión sobre sí mismas, tampoco había muchas posibilidades de llevar adelante cierto accionar sin la correspondiente y brutal reprimenda, que ahora comenzaba a contar con la colaboración de las crecientes burocracias sindicales, emprendiéndose así un romance con el Estado que se profundizaría hasta nuestros días.

Desde luego que todo ello no habría sido posible si los trabajadores no se hubieran identificado con, por ejemplo, el festejo de la posición subordinada que ocupan en las relaciones de producción, dejando así de rendir luto a los caídos que reclamaban la reducción de la jornada laboral a ocho horas de trabajo y de impulsar más luchas por su reivindicaciones. Si bien este giro fue impulsado desde el aparato estatal, no hubiera triunfado de no ser porque también había ocurrido un cambio en la cultura política de las clases trabajadoras. Solamente aprovechando estos cambios en las bases es cómo pueden establecerse cambios que afecten a la sociedad en su conjunto.

Al día de hoy queda para el 1de mayo una especie de híbrido entre la conmemoración de que los “trabajadores trabajan” (lo cual supone algún tipo de nefasta dignidad), y el aprovechamiento pequeño-burgués de un día feriado más, para dedicarse a sus actividades de consumo, o simplemente al ocio apático, actitud a la que también adhieren una parte importante de los sectores populares y obreros. Pensar en por qué los mártires de 1886 dieron su vida para lograr ocho horas de descanso que hoy no tenemos gracias a la precarización laboral, parece así una tarea cuesta arriba.

¿Tal situación implica el auto condenarse al escepticismo? Muy por el contrario. Como decíamos anteriormente, solo en la clase trabajadora puede darse la transformación discursiva-cultural necesaria para determinar por sí misma el sentido otorgado a la posición subordinada que ocupa en las relaciones de producción. Y al mismo tiempo, para que la clase trabajadora pueda determinar por si misma el sentido mencionado, no alcanza solamente con una transformación discursiva cultural de si misma. Si bien esto resulta algo necesario, la posibilidad de dar sentido viene dada también por el poder real de la clase trabajadora basado en su organización como clase. En última instancia, ambas cosas son indisolubles, y la construcción de ese poder implica cambios culturales y viceversa, que se darán en la experiencia de lucha.

Suscitar ese cambio es nuestra tarea como trabajadores de la educación y estudiantes (sector policlasista, que aglutina a trabajadores-estudiantes también), y hemos de llevarla adelante con todas las herramientas que la lucha nos reclame.

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